Fronterizos
mis cosas 1 comentario »Hola hijos míos, feliz año a todos de parte del Lord. Hacía tiempo que no escribía, no por falta de temas para tratar, más bien falta de ganas en el momento clave de ponerse a teclear, ese mágico momento en el que mis valiosas pulsaciones de teclado se convierten en deliciosa melodía para vuestros sentidos. La culpa la tiene la gandulería supongo, es más fácil ponerse a jugar unos partidos al Pro Evolution Soccer 5, saquear colonias en el Ogame o subir contenidos multimedia al Ciervódromo.
El caso es que os habréis preguntado a qué viene el título, agresivo donde los haya para los familiarizados con el término. Como no encuentro un enlace adecuado para una descripción tiraré de memoria, algo cascada ya: más o menos viene a decir que el fronterizo es uno de los rangos más bajos en los que englobamos los coeficientes intelectuales, si no es el más bajo debe ser el justo superior. Quicir, si alguna vez un profe o psicólogo del cole te ha dicho que eres un fronterizo debería ir empezando a preocuparte… aunque si sigues leyendo puede que encuentres tu posición en el mundo laboral.
Os voy a aburrir un rato con una preciosa historia: hace cosa de cuatro meses pedí cita con el otorrino porque ya hace años acudí a uno y me vino a decir que si no me operaba de la tocha podría… ¡morir!. Venga no, exactamente morir no, pero que se me estaba cerrando uno de los conductos, no se qué calcificación y tal cual pum. Tambien vino a preguntarme que si me habían zurrao últimamente, aparte del cinto de mi viejo no recuerdo pelea alguna. Después del verano, no se por qué, pero me autoconvencí de que podría ser buena idea el operarme, que realmente no debía ser para tanto, y unos días de baja no hacen daño a nadie… bueno, para el que me paga lo mismo si, pero bondadosos y en cueros los quiere el Señor. Es por ello que me planto de nuevo en la consulta del otorrino, una señora otorrina mas bien, dispuesto a mostrarle mis inquietudes, no señora, que vengo por voluntad propia, quiero que me sierren así como por el tabique pero por dentro. Como no se decide a amputarme allí mismo me manda a hacerme una prueba, un TAC para ser exactos. Correcto…
Lo mismo pasaron quince días, dos semanas o un mes hasta la prueba, ese dato no es relevante, si os inquieta os agarráis un huevo con las manos heladas hasta que se os pase. Vosotras os libráis por esta vez, pensaré en algo para evitar quejas discriminatorias. El caso es que voy a hacerme la prueba y… “no señol, pero la prueba que a usté le pone en la hojica no es la que me figura en el computadol”
¿Y qué hago yo entonces? ¿le cago en el pecho, amable señora? Tras intentar convencer a la mamarracha de que me hiciesen la prueba igualmente me largo a casa, algo contrariado claro está, la gente de un hospital me la ha vuelto a hacer, la madre que los parió. Decido no volver a pensar en el asunto del otorrino, como si me salen cuernos de las fosas nasales, moriré tal como estoy. Pero mi señor padre tiene una pizca de paciencia más que yo y me vuelve a pedir cita para la prueba, que a partir de ahora llamaremos Da Pruf.
Voy hace un par de semanas a hacerme la prueba, tuvieron la delicadeza de ponermela por la tarde, así no perdería un sólo minuto de trabajo, os quiero chicos. Por lo demás todo normal, ningún contratiempo, espero un rato y me la hacen.
Así que llegamos a día de hoy, martes. Me planto en mi amado Hospital General Universitario Reina Sofía, dispuesto a esperar un buen rato hasta que me llamen para pasar a la consulta. Me planto el iPod, y cuando sólo llevo un par de tonadillas de los Iron Maiden me llaman, ¡para esto me lo traigo! La otorrina que se hace los genitales un lío con el computadol, yo ya pienso que me han perdido el historial o que directamente me han declarado fallecido, con las incontables ventajas que eso supondría, sería como el Punisher murciano. Hasta me mola la camiseta negra con la calavera, lo mismo la podría cambiar por la jeta de David Hasselhoff o una frase de Chuck Norris con gancho. No, no voy a poner ninguna, suficientemente insultao está el hombre.
- Atractivo doncel, ¿qué prueba te has hecho, encanto?, porque esto que tengo aquí no es lo que yo te mandé, me dice ella.
- ¿Cómo dice, agradable señora? Creo no haberla entendido, aunque juraría que he oido su preciosa voz comentarme que me han vuelto a tangar.
- Pues yo lo siento mucho, vida mía. Pero sin esta prueba no podemos hacer nada, me responde ella con lágrimas en los ojos.
- Recórcholis, pues es una contrariedad bien grande, pero qué le vamos a hacer, me la haré de nuevo. Usted no tiene la culpa, claro está, sino de sus simpáticas compañeras.
Así que me despido y voy a pedir de nuevo cita para una nueva prueba, por tercera vez y nueva cita para el otorrino, lo cual me costará otras dos mañanas… mínimo claro, siempre y cuando alguien haga bien su trabajo. Debe ser tremendamente complicado seguir las instrucciones que hay en un papel, es más excitante inventártelas. Encima el payo de las citaciones me pone cara rara cuando le pido que compruebe lo que acaba de hacer, que lo mismo no es exáctamente lo que me ha mandado el médico, no es que no me fíe ni que desconfíe, señor, es que ya van tres veces para la misma prueba. Bueno, qué cojones, es que no me fío un pelo, pedazo de gilipollas.
Lo dicho, lo de los hospitales es ciertamente de fronterizos. De fronterizos o… no lo dire, pero me quedaría bien a gusto diciendo lo que pienso realmente, que son subnormales profundos.
Pero no lo diré.
No.



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